No me importaría cruzar el charco
si supiera, que al otro lado,
existe un qué y un por qué de algo
(el cómo no me incumbe).
No me importaría desatarme los zapatos
si supiera, con certeza,
que el suelo permanece templado.
Dejaría de ir de cuclillas por la vida
si alguien me dijera:
¡Pisa fuerte! (no hay peligros)
Puedes saltar las piedras,
puedes ser salamandra
y acurrucarte en los agujeros.
Pero mi piel no es dura
y el frío me congela las venas.
Cómo voy yo a correr descalza
si me pincho con la caricia de un ángel,
si me da miedo volar y hasta reírme.
No me importaría ser gorrión
si me cortaran las alas.
No me importaría ser libre
si me aseguraran que estaré a salvo,
como el niño al que mece la madre.
Pero me conozco todas las mentiras piadosas,
las habidas y por haber,
y ya no creo más que en el miedo
que es mi mandamiento
al que en un altar,
rezo cada maldita noche,
cada
maldita
noche.
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